domingo, 24 de marzo de 2013

Trujillo, cuna de conquistadores

El domingo, a pesar de que las predicciones meteorológicas daban una tregua a la lluvia, amaneció lloviendo. Nos despedimos de Mérida y partimos hacia Trujillo.


Parece que la zona ya estaba habitada en tiempos de los vetones y que en época romana la población se llamó Turgalium. Los árabes la fortificaron y hasta el siglo XIII no la conquistó el rey castellano Fernando III el Santo. Tras la reconquista se establecieron en la ciudad familias de la nobleza cuyos miembros rivalizaron entre si construyéndose las grandes mansiones y palacios fortificados que podemos ver hoy en día dentro del recinto amurallado.


Años más tarde, y tras el descubrimiento de América, algunos de los conquistadores más importantes partieron de estas tierras y aquí volvieron cuando hicieron fortuna a construirse sus palacios, compitiendo entre ellos en lujo y ostentación.


Como ejemplo de ello están el Palacio de los Marqueses de la Conquista, mandado construir por el hijo de Francisco Pizarro, el palacio de Orellana, el de San Carlos, el de Juan Pizarro, el de Santa Marta...


Tras pasar por la oficina de turismo para hacernos con un mapa del centro nos internamos por el viejo Trujillo para subir a lo alto del Cerro Cabeza de Zorro, lugar donde se asienta la Alcazaba.


La Alcazaba omeya fue erigida en el s. IX y por tanto es contemporánea de la de Mérida, aunque tenga muchos añadidos posteriores. Se trata de una enorme fortaleza con varios recintos y un interior poco destacable si no fuera por un aljibe, las vistas desde la muralla y una capilla de época moderna dedicada a la Virgen de la Victoria, patrona de la localidad.

 
Y tras el castillo, y con la lluvia apareciendo y desapareciendo  todo el rato, nos perdimos por las estrechas callejuelas empedradas entre iglesias, palacios, torres y mansiones.




Me dio un poco de pena comprobar que unas cuantas iglesias estaban en ruinas, pero supongo que es demasiado patrimonio. Los palacios y las casas se pueden habitar y sus moradores cuidarlos y restaurarlos, pero ¿qué hacer cuando se tienen un montón de iglesias cerradas, sin  culto y sin ningún otro uso?. Me temo que en estos casos sólo hay un destino: la ruina.




La mañana pasó y buscamos un lugar para comer y descansar un ratito. Y nos decidimos a entrar en el restaurante del hotel que hay en el Palacio de Santa Marta.


En el comedor no había apenas gente, tan sólo un par de mesas ocupadas y parecían clientes del hotel. Pero era un lugar tranquilo y muy agradable. El menú resultó todo un éxito que vino a corroborar lo que yo ya intuía: no es posible acertar siempre con los restaurantes, así que, si todos a los que vas te gustan, no es que seas más listo que nadie o que tengas muy buena suerte, es que en Extremadura se come muy bien.


Y tras el café, y no sin pena, nos pusimos en marcha. Nos quedaban unas cuantas horas de camino y no queríamos llegar muy tarde. Pero dejé las tierras extremeñas segura de que la próxima vez no voy a tardar tanto en volver. Puede que la próxima vez sea Monfragüe. En esta época tiene que estar precioso...



sábado, 23 de marzo de 2013

Mérida (Emérita Augusta)

Desperté con las primeras luces pero me quedé remoloneando en la cama hasta las nueve. Me da muchísima pereza tener que levantarme los días de lluvia. No me gusta tener que salir a mojarme. Y eso que iba bien preparada con chubasquero, botas de agua, paraguas... Pero esa luz tan triste, y el frío, y la humedad... Nada, que soy de secano y necesito sol para recargar baterías.


Decidimos empezar por el Anfiteatro y el Teatro. Y acertamos, porque fueron los únicos momentos en que vimos el sol y pudimos disfrutar de toda la magia de un lugar que parece que se ha parado en el tiempo. Qué ganas tengo de venir en el Festival de Verano a ver una obra de teatro aquí, tiene que ser algo único.


El anfiteatro se empezó a construir en el siglo VIII a.C. y debió ser enorme. Se calcula que su aforo superaba los quince mil espectadores y en el se representaban los espectáculos más populares entre los romanos: luchas entre gladiadores,  con fieras...
Se conserva solamente la parte más baja del graderío, el resto seguramente sirvió de cantera a los lugareños, como tantos monumentos de la antigüedad.


El teatro está construido aprovechando una ladera y su aforo es bastante menor que el del anfiteatro. Los romanos eran menos aficionados a la escena que los griegos, pero entonces, como ahora, la cultura daba cierto lustre y prestigio del que una ciudad como Emérita Augusta no podía prescindir.


Cuando llegamos no había gente. Los grupos aparecieron más tarde y rompieron la magia con sus gritos, las voces de los guías intentando hacerse oír y sus posados en grupo. Hora de marcharse.


Un ratito andando y llegamos al Circo, mucho menos turístico pero de unas dimensiones colosales y un estado de conservación bastante aceptable. Tenía un aforo de 30.000 espectadores y en él se celebraban las populares carreras de bigas y cuadrigas a las que tan aficionados eran los romanos.


Volviendo en parte sobre nuestros pasos y una vez dejados atrás el Teatro y el Anfiteatro, llegamos a la Casa del Mitreo, ejemplo de mansión romana con sus mosaicos, un aljibe, patios y habitaciones...


Siguiendo un paseo bordeado de árboles llegamos a los Columbarios, con las construcciones funerarias propiedad de dos familias: los Vaconios y los Julios y, algo más alejadas, dos edificaciones con bóveda de medio cañón y hornacinas para guardar las cenizas.


A estas alturas el cansancio ya empezaba a hacer mella en nosotros, pero decidimos que era mejor aprovechar el rato sin lluvia y conocer la Alcazaba, la más antigua de la península, mandada construir por Abderramán II sobre fortificaciones de la época romana y con la misión de proteger el acceso a la ciudad desde el contiguo puente romano y de servir se residencia al gobernador y sus tropas.


Por fuera es imponente, pero el interior decepciona un poco. Lo más destacable eran sus monumentales murallas y puertas y el Aljibe, construido con restos romanos y visigodos y al que se accede de bajando por las escaleras, casi a oscuras, de dos corredores que desembocan en la cisterna, cuyo agua está iluminado y con pececitos naranja. Es de suponer que los peces son un añadido moderno...


También dentro de la Alcazaba había restos de una calzada, de una vivienda y de fortificaciones romanas, así como un un pórtico del siglo XIX, de estilo neogótico con arcos apuntados y que utiliza columnas visigóticas.


El puente romano sobre el Guadiana empieza a los pies de la fortaleza, tiene casi un kilómetro de largo y en su parte central hay una gran isla.


No todo el puente es romano en la actualidad, pero las partes más antiguas se reconocen con facilidad con sólo fijarse un poco, porque las piedras con las que está construido presentan esas formas redondeadas, almohadilladas, tan típicas de la arquitectura romana.


En las cercanías del majestuoso Arco de Trajano, empezó a diluviar. Esta puerta formaba parte el foro provincial y tenía otros dos arcos más pequeños a los lados. Los sillares de granito tenían un revestimiento de mármol.


La Plaza de España data de la época de los Reyes Católicos y servía de plaza de mercado, plaza de toros, lugar de ajusticiamientos... era el centro de la vida pública de la ciudad moderna. Está rodeada de palacios (dos de ellos convertidos en hoteles),  casas nobles y, por supuesto, la catedral.


Llegamos a ella buscando un lugar dónde comer y descansar y, sin pensarlo mucho entramos en una taberna que estaba abarrotada de emeritenses tomando sus vinos, sus cañas y sus pinchos. Se llamaba "el Pestorejo".


Costó trabajo encontrar una mesa, pero cuando lo conseguimos no tuvimos que esperar mucho antes de que apareciera un camarero que volaba entre las mesas y que nos recomendó lo que podíamos comer. Y menos mal que nos avisó de que las raciones eran generosas, que si no... Comimos muy bien y baratísimo, con cafés y todo, dos personas por ¡30€!.


Lo malo es que al salir seguía diluviando y el Templo de Diana (que se conserva en buen estado gracias a que fue incorporado al palacio del Conde de los Corbos) y el Pórtico del Foro Municipal los vimos muy pasados por agua.


Menos mal que habíamos dejado para el final el Museo Romano, allí por lo menos no teníamos que preocuparnos por la lluvia. Lo malo es que nos despistamos con la hora y al final casi nos echaron. Pero es impresionante, tanto por el edificio de Moneo como por los tesoros que alberga.


El último lugar al que pensábamos ir era la Basílica de Santa Eulalia, pero cuando llegamos ya estaba cerrada y el famoso Hornito, en obras. Con lo cual lo que hicimos fue ir a nuestra habitación a tirarnos sobre la cama...
Ya cenaríamos algo rápido allí mismo.

viernes, 22 de marzo de 2013

Cáceres

Este último fin de semana hemos hecho una pequeña escapada a Extremadura. Hacía años, muchos años, de mi último viaje a tierras extremeñas en mis tiempos de instituto, cuando de camino a Sevilla, conocí Cáceres y Mérida.


Ahora, pasado el tiempo, nos apetecía volver y planeamos una escapada de manera que el primer día estaríamos en Cáceres, haríamos noche en Mérida dónde pasaríamos el siguiente día completo con su noche y, al tercer día y ya de vuelta, visitaríamos Trujillo.


A priori el único problema es que el clima se presentaba poco agradable: lluvia, viento... todo lo que un turista nunca desearía.


Y así fue nuestra llegada a Cáceres, lloviendo, con el GPS volviéndose loco porque había calles cortadas y buscando un lugar para aparcar que nos permitiera acceder al centro sin mojarnos demasiado.


Nada más llegar a la Plaza Mayor me sorprendió lo cambiada que estaba.  Muy cuidada, sin tráfico, con unas bonitas terrazas a pesar de la lluvia. Paramos a tomar un café y como me gustó el sitio decidí ya qué iríamos a comer allí.


Cuando el agua nos dio una tregua fuimos a la oficina de turismo, que estaba justo enfrente, para hacernos con un plano turístico de la ciudad. Y comenzamos la visita.


Tan pronto llovía como salía el sol, pero la verdad es que como todo el centro histórico y amurallado es peatonal, el deambular por sus callejuelas se hacía fácil y agradable.


Cuando arreciaba la lluvia buscábamos el cobijo de alguna de las numerosas iglesias y cuando paraba y salía el sol aprovechábamos para pasear entre palacios renacentistas y hacer fotografías.


También conocimos el Museo Provincial, que además de ser gratuito contiene varias sorpresas, por ejemplo el bello aljibe hispano árabe del que hay que destacar la espectacular visión de los arcos de herradura reflejándose en el agua. La tenue luz no era la más adecuada para hacer fotografías pero le daba un aspecto misterioso.


El museo guarda una colección que abarca toda la historia de Cáceres, desde la prehistoria hasta la época visigoda y árabe. También cuenta con cuadros procedentes del Museo del Prado, como por ejemplo un Greco, y una sorprendente colección de obras de artistas contemporáneos como Millares, Canogar, Gordillo, Miró, Oteiza, Palazuelo, Zóbel, Saura ... Incluso varios dibujos y grabados de Picasso.


Continuamos el paseo saliendo por una puerta de la muralla para poder ver ésta desde fuera del recinto y, rodeando un tramo, volvimos a entrar en el casco antiguo.




Después bajamos a comer a una terraza en la plaza. Madre mía como se come en esta tierra, a la cantidad se le une la calidad y el precio. Yo no soy muy de carnes, casi prefiero el pescado, pero me comí un chuletón de ternera extremeña ... ¡que estaba buenísimo!. Además toda la comida, incluyendo el postre y el café, por 20 euros. El vino era de la zona, de Villafranca de los Barros, un tinto joven y tan afrutado que casi tenía un toque dulzón.


Tras la expedición turística y monumental tocaba ir un poco de tiendas. Compramos unas tortas del Casar,  que a mi me gusta mucho el queso. Y en vista de que empezaba de nuevo a llover, partimos hacia Mérida.

Las dos ciudades están muy bien comunicadas por autovía, así que llegamos muy pronto y se nos ocurrió pasar por el embalse de Proserpina, de origen romano y que, a través del acueducto de los Milagros, abastecía de agua a la ciudad.


Desconozco la razón por la que se le dio el nombre al embalse, pero me parece de lo más adecuado, ya que el mito de Proserpina explica la aparición de la primavera y el día no podía ser mas típico de la estación: había dejado de llover y lucía un sol espléndido que permitía que en las tranquilas aguas se reflejara la vegetación de las orillas, el cielo, las nubes... Daban ganas de quedarse allí.


Pero no queríamos llegar muy tarde, así que programé de nuevo el GPS y entramos a la ciudad justo por la parte en la que se encuentra el Acueducto y el puente romano sobre el Albarregas, rodeados de un verde parque.


Pasamos allí otro rato, disfrutando de los últimos rayos de sol de un día que amaneció cubierto y lloviendo y se despedía con la luz dorada de un atardecer soleado.