miércoles, 1 de octubre de 2014

Turquía: Konya y Sultánhani. Hacia el interior.


Hoy salimos hacia Konya. Tiene casi un millón de habitantes y una larga historia que comienza en la Edad de Cobre, en 3000 aC. Fue habitada posteriormente por hititas, frigios, persas, griegos, romanos, bizantinos y turcos y alcanzó su apogeo del siglo XII al XIII con los sultanes selyúcidas.


Pocos años antes la ciudad se había llenado de refugiados que huían del avance del imperio mongol, entre ellos Celaleddin Mehmet Rumi, más conocido como Mevlana, que significa "nuestro señor" en árabe.


Los seguidores de este poeta y místico, originario de la actual Afganistán, fundaron la orden sufí Mevleví, más conocida como Derviches Giróvagos, porque su meditación la realizan, acompañados de música de flautas y tambores, girando sobre sí mismos, imitando el movimiento de los planetas, hasta que consiguen el éxtasis.


La orden mevleví fue prohibida por Ataturk, pero años después se permitió de nuevo porque suponía una rentable atracción turística y hacen incluso giras por el extranjero.


En el año 2005 el Sema fue considerada por la UNESCO como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.


La tumba de Mevlana en Konia se encuentra en el Museo de Mevlana, bajo una cúpula cubierta de cerámica verde. El sarcófago está cubierto de brocados bordados en oro con versículos del Corán. En el interior no permitían hacer fotografías, así que la he tomado prestada de Wikipedia.


En una habitación, al lado, se exhiben diversos recuerdos y reliquias como una caja decorada en nácar que contiene un pelo de la barba de Mahoma.


No teníamos mucho tiempo para comer, así que hemos preferido no ir muy lejos, de hecho nos hemos quedado en la agradable terraza de la cafetería que se encuentra dentro del recinto del museo.


Tras dejar atrás la ciudad de los derviches hemos hecho una parada corta en un pueblo que está en la autopista hacia Aksaray llamado Sultánhani. Fue una importante parada dentro de las rutas caravaneras de la época, como queda atestiguado por su imponerte caravanseray de piedra blanca tallada.


Fue construído por Alaattin Keykubat en 1229 y es el más grande de Turquía con sus casi 5.000 metros cuadrados. Consta de un gran patio al que se accede por una magnífica puerta monumental.


En el medio del patio hay una pequeña mezquita construida a modo de kiosko sobre cuatro arcos.


El patio está rodeado de edificaciones con habitaciones, cocinas, establos, baños, almacenes y todo lo necesario para que las caravanas pudieran descansar y reponer fuerzas antes de seguir el viaje.


Pero lo realmente impresionante era el edificio que ocupaba toda la pared del fondo del patio. Era tan parecido a una inmensa catedral románica que solamente me faltó frotarme los ojos por si estaba teniendo una visión.


Tenía cinco naves, dos más bajas con arcos y una central mucho más alta y amplia. ¡Si incluso tenía un crucero rematado por una altísima cúpula que descansaba sobre un tambor octagonal!


Todavía sorprendida e impresionada por nuestro hallazgo casual, salimos de Sultánhani y tomamos de nuevo la autopista. A la derecha ya se puede ver recortado en la distancia el volcán Hassan, con forma de cono.


Seguimos atravesando una llanura seca con pocos cultivos, pueblos desperdigados, algún rebaño de ovejas... A veces, si no fuera por los alminares, podría pensarse que estamos atravesando Castilla.


Los árboles son muy escasos y están sobre todo en los cementerios y dentro de los pueblos y ciudades, que llaman la atención por lo cuidado de sus jardines y avenidas.


Y así llegamos por fin a Capadocia, formada por la lava que arrojaron los volcanes Erciyes y Hassan hace millones de años y que fue erosionándose con el paso del tiempo y la acción del agua y el viento, creando caprichosas formaciones y vistosos valles, en los que se pueden apreciar las sucesivas capas de sedimentos de diferente composición y dureza, que forman las figuras que podemos ver hoy en día.


martes, 30 de septiembre de 2014

Turquía: Éfeso, Hierápolis y Pamukkale


Aunque Heródoto narra que Éfeso se llamó así por una reina de las Amazonas y que se cree que la primera ciudad que hubo aquí perteneció a los hititas, la fundación de la ciudad griega del siglo XI aC. se le atribuye a Androclo, hijo del rey de Atenas, que tras visitar el oráculo de Delfos decidió el establecimiento de la colonia.


Las ruinas de Éfeso que se visitan actualmente corresponden al tercer emplazamiento que tuvo la ciudad, en concreto a la que fue fundada por Lisímaco, un general de Alejandro Magno que la bautizó como Arsinoe en honor a su esposa y que la mandó construir en 287 aC. entre los montes Pión y Coressos porque los aluviones del río Caistros habían inutilizado el puerto.


Pero los habitantes del anterior lugar se mostraron reacios a mudarse ya que no querían abandonar su gran Templo de Artemisa. Así, cuenta la leyenda, que durante una tormenta Lisímaco mandó taponar los desagües y que la gente, al ver inundadas sus viviendas y negocios, terminó emigrando a la nueva ciudad.


Pero la época más brillante de la ciudad coincide con el Imperio Romano. Durante el mandato del emperador Augusto fue una de las capitales más importantes del mundo y llegó a contar con 200.000 habitantes. De esta época son los principales monumentos que podemos visitar en la actualidad, como el Templo de Adriano, construído para conmemorar la visita de este emperador a la ciudad en 123 dC.


La grandiosa Biblioteca de Celso fue mandada construir en 114 dC. por el cónsul Gayo Julio Aquila en honor de su padre y está orientada al este para que sus salas de lectura disfrutaran de buena luz por la mañana.


Éfeso fue también muy importante para los primeros cristianos pues en ella se dice que moraron San Juán y la Virgen María, así como San Pablo, que vivió aquí tres años, y San Lucas.

Lo malo de la visita era la cantidad de turistas que había procedentes de los cruceros. A cada rato una avalancha nueva.

Después de ver las ruinas de Éfeso hemos parado a tomar algo en una terraza de un restaurante junto a la carretera. A la sombra corría el aire y la temperatura era muy buena, porque hoy el sol está pegando fuerte.


Y tras la parada, de nuevo en carretera, que hay un buen trecho hasta Pamukkale. La mayor parte del tiempo vamos por una autopista en bastante buen estado. Lo cierto es que Turquía me está sorprendiendo agradablemente. Es un país mucho más moderno de lo que yo pensaba.
El trayecto discurre por valles llenos de frutales: higueras, granados, manzanos, olivos..., encerrados entre montañas.
Cerca ya de Pamukkale, qué significa "castillo de algodón", empiezan a verse los campos de algodón con las plantas a punto de florecer.


Hierápolis fue una antigua ciudad balnearia griega helenística que llegó a ser muy famosa en la antiguedad como centro de curación, donde los médicos utilizaban las aguas termales como tratamiento para sus pacientes.


Sin embargo, y paradójicamente, la época dorada de la ciudad comienza a raíz del terremoto del año 60 dC., durante el mandato del emperador Nerón, que ordena reconstruir la ciudad con su apoyo financiero en un estilo más romano, con una calle principal flanqueada por columnas que discurría de norte a sur y en cuyos extremos se encontraban las monumentales puertas de Domiciano y de Frontino.



Con motivo de la visita del emperador Adriano se inaugura el teatro, en el año 129. Además la ciudad llegó a tener un gimnasio, dos termas romanas. un templo dedicado a Apolo y, lo más llamativo, una inmensa necrópolis.


Se trata de la necrópolis mejor conservada de Turquía y se extiende a lo largo de más de dos kilómetros a los lados de la antigua vía de Trípoli. Tiene alrededor de 1200 tumbas, la mayoría helenísticas, pero también hay muchas del período romano. Hay varios estilos: sarcófagos. túmulos, pequeños templos...


Hierápolis se construyó en lo alto de Pamukkale. El "castillo de algodón" se puede divisar desde la lejanía porque tiene 2.700m de longitud y 160 de altura.


Las aguas termales contienen grandes cantidades de calcio que, a lo largo de los siglos, han dado lugar a gruesas capas blancas de piedra caliza y travertino, dispuestas como terrazas en forma de medialuna y comunicadas por estalactitas que dan la impresión de ser una cascada congelada.



Pero la gran atracción de la zona, increíblemente, estaba seca. Sus famosas terrazas de travertino no tenían ni una gota de agua porque los manantiales de agua caliente que las han formado están siendo desviados, parece ser que a causa de un programa de restauración del monumento que lleva a cabo la Unesco, cuyo fin sería que se blanquearan al sol  las zonas de color parduzco deterioradas por el turismo masivo y sin control.



Solamente había unas cuantas piscinas artificiales con agua, construidas en lo que fue una rampa de acceso asfaltada, que estaban atestadas de turistas que ponían sus pies a remojo.


Y alguna pequeña piscina natural perdida en los confines del monumento, dónde pude hacer alguna fotografía que al menos recordara lo que yo pensaba que íbamos a encontrar.


Qué decepción tan grande. Me he quedado sin palabras, frustrada y cabreada. No esperaba esto, ni mucho menos. Me he sentido totalmente engañada.


Lo que sí que hay a pocos metros es una piscina con el fondo cubierto de fragmentos de columnas que se cree que podría ser parte de un estanque dedicado a Apolo y a la que se podía acceder previo pago.


lunes, 29 de septiembre de 2014

Turquía: Estambul, mezquitas y bazares.


Ya estamos en Esmirna.
Por la mañana, en Estambul, después de desayunar algo mejor que ayer porque había menos gente en el comedor, hemos hecho una visita panorámica de la ciudad.


Nada de otro mundo, sin bajar del coche. Las murallas, el acueducto de Valente, que ya habíamos visto el primer día cuando llegamos del aeropuerto, el barrio de Pera, la torre Gálata, la plaza Taksim, el palacio Dolmabache y vuelta para terminar en la Mezquita de Eyüp Sultán.


Esta mezquita fue mandada construir por Memet el Conquistador en el lugar en que, supuestamente, murió Abu Ayyub al-Ansari, adalid de Mahoma, durante el primer asedio árabe de Costantinopla en el siglo VII. Su tumba es lugar de peregrinaje para los musulmanes y en el interior de la mezquita también se guardan algunas pertenencias del Profeta.


Para acceder a ella, no sé porqué, teníamos que cruzar por un aparcamiento en el que había instalado un corral provisional con corderos, supongo que preparados para la fiesta del Cordero que creo que es el domingo que viene. Apestaba.


Era un olor insoportable, creo que ni siquiera en las curtidurías de Fez olía tan mal. No sé el tiempo que llevarían allí encerrados sin limpiar la basura.



La mezquita está rodeada por el Cementerio de Eyüp, que se extiende por las laderas de la montaña a la que después hemos accedido por un teleférico.


Arriba hay un mirador y el Café de Pierre Loti, un oficial de la armada francesa que, en el siglo XIX, se enamoró de una mujer turca que estaba casada y se quedó aquí a escribir una novela sobre su aventura, Azíyade. Las vistas del Cuerno de Oro son preciosas pero teníamos el sol de frente.


Hemos bajado hasta el puente Gálata y nos hemos quedado viendo la Mezquita Nueva, que de nueva no tiene nada ya que se empezó a construir a finales del siglo XVI por orden de Safiye, madre del sultán Mehmet III y fue terminada por mandato de otra mujer, Turhan Hadice, madre del sultán Mehmet IV.


Su interior me ha recordado mucho al de la Mezquita Azul, la bóveda es similar y la decoración también se ha realizado con azulejos de Iznik en colores verdes, azules y blancos.
El complejo de la mezquita lo formaban, además, un hospital, una escuela, baños, fuentes y un mercado, el Bazar Egipcio o de las Especias.



Este bazar es el segundo más famoso de Estambul, por detrás del Gran Bazar, y no es muy grande. Sus ganancias ayudaban a mantener a la Mezquita Nueva y se especializó en especias y productos orientales aprovechando el emplazamiento de Estambul en la Ruta de la Seda. Tiene forma de L  y sus avispados vendedores hablan cualquier idioma con tal de hacer negocio. Compramos unos dulces y unas frutas escarchadas muy buenas.


Después hemos ido a la cercana Mezquita de Rüstem Pachá, construida por el arquitecto Sinán para el yerno y Gran Visir de Solimán el Magnífico. Se accede a ella por una escalera que está escondida en medio de callejuelas llenas de tiendas de todo tipo y de puestos de comida.


Hemos llegado a la hora de la oración y estaba cerrada pero nos hemos sentado a esperar tranquilamente al fresco. Los azulejos con que está decorada pasan por ser los más bonitos de la ciudad.



Para volver al hotel hemos cogido el tranvía en la parada de Eminonu. Creíamos que no podíamos entrar. Desde luego en el primer vagón que lo hemos intentado ha sido imposible. Después, en uno de los últimos, hemos conseguido meternos pero hemos ido como sardinas en lata. Impresionante, ni en el metro de Tokio me he visto así. Que agobio hasta la parada del hotel.


Cuando hemos llegado a por la maleta, y a pesar de que era pronto, ya estaban esperándonos para llevarnos al aeropuerto a coger el vuelo para Esmirna, que no ha durado ni una hora. Ningún problema, porque ya había hecho el check in online e imprimido el billete en España. A la llegada estaba esperándonos un chófer que nos ha llevado al hotel.

Hemos dudado si salir a dar una vuelta, pero hay que poner el despertador a las seis. Así que nos vamos a ir de Esmirna sin conocer más que el hotel.