viernes, 21 de septiembre de 2012

India: Jaipur-Pushkar-Udaipur. Templos, vacas y camellos

Ayer estuve repasando el plan de viaje y la guía y me di cuenta de que faltaban cosas. Decidí que esta mañana hablaría con el guía, así que cuando le he visto le he comentado que ayer habíamos "olvidado" hacer la visita panorámica a Jaipur y que no habíamos visto ni el Albert Hall ni el templo de Birla.  
Es listo, casi ni me ha dejado terminar de hablar y me ha contestado que lo íbamos a hacer hoy por la mañana, antes de salir para Udaipur. Estupendo, así no discutimos.


El Albert Hall es un palacio que construyó el maharajá Ram Singh en estilo indosarraceno y que hoy alberga un museo que cuenta con ricas colecciones de pinturas, tapices, esculturas... Está situado fuera de la muralla de la ciudad y paramos apenas unos minutos.


El Templo de Birla, llamado así por el nombre de la familia que lo construyó, es un pequeño edificio de mármol blanco y vidrieras de colores con escenas de la mitología hindú. Está dedicado al dios Vishnú y a su esposa Laxmi, diosa de la abundancia, por eso se le conoce también como templo de Laxmi Narayán. Data de 1988 y está rodeado de un jardín. 
Como de costumbre hemos tenido que entrar descalzos y no hemos podido hacer fotos dentro. Se estaba celebrando una ceremonia y nos han bendecido salpicándonos con agua del Ganges. 


A medio camino entre Jaipur y Udaipur hemos parado en Pushkar, famosa por la multitudinaria feria de camellos que se celebra en octubre. 


Es una ciudad pequeña, de unos 15.000 habitantes, y en ella visitamos el Templo de Brahma, uno de los pocos que existen dedicados a este dios a causa de una maldición que le hizo su esposa Savitri, que se enfadó con él porque no la esperó para una ceremonia y la sustituyó por una mujer, Gayatri que, a su vez, fue convertida en diosa.


Aparcamos en una campa a las afueras, en el lugar dónde se celebra la feria, y llegamos al centro andando. Eso me gusta, me da la oportunidad de hacer fotos de la calle, la gente, las tiendas... toda una explosión de colores y de olores, éstos últimos no siempre agradables. 


Hay montones de basura por todas partes. Y lo que más me fastidia es, como siempre, tener que descalzarnos para poder entrar en el templo y dejar en una taquilla cochambrosa zapatos, bolsos, cámaras... y cruzar descalzos una calle a medio asfaltar y llena de porquería, hasta la entrada del templo.


El Templo de Brahma en Pushkar no es nada de otro mundo. Pequeño y sucio, muy sucio. Pienso en que no recuerdo si estoy al día en la vacuna del tétanos. No debería ser tan descuidada con esas cosas.
La entrada está subiendo una escalinata por la que se accede a un pequeño recinto con el templete en medio. Está sobre unas columnas y pintado todo ello de vivos colores. Dentro dos estatuas: la del dios y la de su compañera Gayatri. Nuestro guía hace una ofrenda de flores y dulces. Eso, en principio, no está mal. Lo malo es que hace mucho calor, la suciedad se acumula y todo está lleno de moscas, avispas, hormigas y demás insectos que no identifico.


Damos la vuelta al templo: el árbol sagrado, del que si arrancas un trocito de corteza, va a darte suerte. Altares varios que más parecen mostradores de una tienda, pero de las de aquí. Una capilla subterránea inenarrable. Una mujer que nos pinta en la frente con una mezcla sagrada que contiene sándalo y no se qué mas cosas...


A la salida volvemos a cruzar la calle, descalzos entre la gente, las vacas, los cerdos... Menos mal que me traje toallitas húmedas, por lo menos puedo limpiarme un poco los pies antes de ponerme los calcetines, que para más inri son blancos, y las deportivas. Cuando me descalcé evité sentarme en el banco que había allí porque estaba cubierto de una tapicería peluda  de aspecto sospechoso, pero para limpiarme los pies y calzarme no tuve más remedio que tomar asiento. Y, efectivamente, al levantarme tenía los pantalones mojados a saber de qué. Mejor no pensarlo, porque no podía cambiarme. Qué asco me dio.


De camino hacia Udaipur, en plena autopista,  hemos encontrado una peregrinación. Al menos cien personas acompañaban a un hombre que iba arrastrándose por el asfalto. No se cuánto quedaría hasta su destino, pero a ese ritmo podía tardar el resto de su vida.


Nosotros hemos parado en un restaurante de carretera, de esos con tienda y todo lo necesario para el turista, o sea, servicios, cutres pero que cumplen su función. Eso si, con una propinita a la salida. Mientras el guía (y supongo que el conductor, pero este siempre va aparte) terminaba de comer, hemos estado mirando la tienda y me han gustado unos pantalones, del estilo que se lleva por aquí, muy anchos, con gomas en la cintura y en los tobillos y, sobre todo, muy cómodos y frescos. Los he conseguido en algo menos de cinco euros y seguro que me van a venir muy bien.


Todavía hemos tardado horas en llegar. El tráfico es horroroso, hay un montón de camiones que van muy despacio, no creo que lleguen a los 50 km/h, cargados de bloques de mármol y piedra. Además en cualquier momento se te atraviesa una vaca, un búfalo, un paisano... Los frenazos y los acelerones son continuos y los adelantamientos, suicidas, pero aquí todos conducen así. 


Al final se ha hecho un poco pesado pero al menos hemos llegado a un hotel bastante bueno, una especie de resort con piscinas, spa... La cena ha sido a la carta y, aunque han tardado muchísimo, ha merecido la pena: lasaña vegetal y pizza. Ya tenía ganas de una comida occidental, y me ha sabido a gloria. Mañana repito.
La cruz ha sido la ducha: el agua sigue fria, bueno, templada.

No hay comentarios: